Los mercados de Aguascalientes tienen un aroma especial que difícilmente llegarán a tener otros lugares que abastecen de alimentos e insumos. Hace algunos días, al comprar un poco de fruta en el Merado Jesús Terán, escuché a una mujer que le decía a su hijo: “¡Uy! ¡Con qué poquita cebolla lloras!”. Y es que al parecer el hijo de la mujer se encontraba triste, porque su novia –con quien, según escuché, tenía un mes de vínculo amoroso adolescente– había terminado con él. Como suele decirse en momentos así: todo es proporcional al grado de las motivaciones. Mientras que para el joven ese breve instante de amor tal vez había significado mucho, para la madre no ameritaba dejarse abrazar por la tristeza o melancolía justo como lo hacía su hijo.
¿Qué magia hay en el dicho Con qué poquita cebolla lloras? ¿Cómo es que lo utilizamos incluso en esa cotidianidad en que está ausente toda cebolla? Este dicho popular está construido a partir de una base metafórica.
Más que una figura retórica que nos sirve para decir las cosas de una manera poética o elegante, la metáfora es un poderoso proceso cognitivo que consiste en concebir una cosa en términos de algo más. Más específicamente: consiste en proyectar ciertos rasgos prominentes de un objeto o situación A en un objeto o situación B. Para que este proceso tenga lugar es necesario que los rasgos prominentes de A estén presentes en B, o bien, que manifiesten alguna semejanza, de lo contrario la proyección no será posible. De ahí que la metáfora, como proceso cognitivo, impregne las capacidades de pensamiento y lingüísticas del ser humano. Gracias a la metáfora, el ser humano es capaz de otorgarles ciertas características, propiedades o atributos a algunas cosas y entidades que normalmente no las tendrían.
Los conceptos que denotamos a través de las palabras poseen rasgos que, según sea el caso, adquieren cierta importancia, cierta prominencia y gracias a ello podemos extender su uso a una gran cantidad de contextos. Para las finalidades de la metáfora que describiré, Con qué poquita cebolla lloras, es necesario reconocer que las frutas manifiestan características que, sin darnos cuenta, resultan por demás relevantes. La fresa, por ejemplo, es roja y dulce. Aunque parezca una tontería, estas características tan evidentes son de gran utilidad para ver fresas y limones en donde, en principio, no los hay. De ahí que alguien pueda afirmar que su novia tiene labios de fresa: dulces, suaves, carnosos y, quizá, de un rojo vivo. En otras palabras, reconocemos ciertas características en el concepto [fresa] y las extendemos a otro, con el que se emparenta, es decir: [labios].
Este proceso que parece tan simple, en realidad consiste en un poderoso proceso cognitivo que, entre otros fenómenos, permite crear nuevas expresiones. Además, la metáfora fomenta la precisión y la exactitud. Una frase como Mi novia tiene labios de fresa permite entender las sensaciones que acaso experimenta aquel que describe en dichos términos la sensual e irresistible boca que posee la persona amada: al existir una correspondencia entre fresa y labios accedemos a una concepción clara y precisa de lo que siente al besar esa boca a partir de la textura y sabor de una fresa –aun y cuando, de hecho, no sea uno mismo quien la besa.
Este tipo de metáforas tiene un alto rendimiento: a partir del limón, les decimos a ciertas personas Eres un limoncito, si es que su trato es ríspido y poco cordial; si alguien siente algún bochorno que lo lleva a sonrojarse entonces enunciamos Estás rojo como un jitomate.
Este mismo fenómeno ocurre con la metáfora Con qué poquita cebolla lloras. Probablemente, los rasgos más prominentes de la cebolla sean tres: su olor, su sabor y su inexorable capacidad de hacernos llorar. Esta última característica provoca que quienes deban cocinar o ayudar en la cocina eviten, a toda costa, enfrentarse con una cebolla, ya que es seguro que derramarán algunas lágrimas. En este sentido, las quejas y las molestias parecieran estar unidas a la cebolla, pues quien la corte habrá de padecer un sufrimiento. Aunque también se llora de felicidad, lo cierto es que las lágrimas suelen asociarse a las tristezas y el sufrimiento. Así, para utilizar esta metáfora basta reconocer a alguien que, a las primeras de cambio o ante las primeras problemáticas, manifiesta una actitud poco positiva y, por demás, quejumbrosa. En ese momento decimos “¡Uy! ¡Con qué poquita cebolla lloras!”, para expresar nuestro desacuerdo hacia esa mala actitud ante las vicisitudes de la vida, sobre todo cuando se trata de problemas pequeños, acaso insignificantes.
La expresión Con qué poquita cebolla lloras ironiza sobre el hecho de que algunas personas se ahogan en un vaso de agua ante la más mínima adversidad. Y hay que decirlo: Ahogarse en un vaso de agua es una expresión metafórica que habría que colocar en el mismo cajón que ¡Con qué poquita cebolla lloras!.
La metáfora entonces, entendida como el proceso cognitivo que promueve la creación y extensión de nuevos significados, es una capacidad que no solamente pertenece a los poetas, novelistas o cuentistas. En cada uno de nosotros, hablantes de todos los días, hay un sin fin de dichos populares, proverbios y refranes, cuyo mágico encanto revela que el lenguaje cotidiano también tiene un toque de poesía.
Para La Escribidera:
Aldo García Ávila
aldogarav86@gmail.com

