Desde un punto de vista lingüístico, ¿cómo es que la luz se puede acabar? Este fenómeno se debe al poder de la metáfora: Se acabó la luz y Se fue la luz son dos metáforas muy peculiares.
Más que una figura retórica que nos sirve para decir las cosas de una manera poética o elegante, la metáfora es un poderoso proceso cognitivo que consiste en concebir una cosa en términos de algo más. Más específicamente: consiste en proyectar ciertos rasgos prominentes de un objeto o situación A en un objeto o situación B. Para que este proceso tenga lugar es necesario que los rasgos prominentes de A estén presentes en B, o bien, que manifiesten alguna semejanza, de lo contrario la proyección no será posible. De ahí que la metáfora, como proceso cognitivo, impregne las capacidades de pensamiento y lingüísticas del ser humano. Gracias a la metáfora, el ser humano es capaz de otorgarles ciertas características, propiedades o atributos a algunas cosas y entidades que normalmente no las tendrían.
La naturaleza de la luz no es muy distinta de la naturaleza de otros tipos de radiaciones electromagnéticas, como el calor, las ondas de radio o la radiación ultravioleta. La energía es la característica fundamental que distingue la luz de otros tipos de radiaciones, de ahí que, en física, se defina la luz como la radiación electromagnética capaz de afectar el sentido de la vista.
La luz pareciera ser algo que está ahí, que damos por hecho. En otras palabras, no la concebimos como algo que nos toca o infringe algún daño, al menos no como nos toca o hace daño alguna otra persona o ser vivo. Si alguien dice “¡Se acaba de ir el amor de mi vida!” es justamente porque reconoce la influencia que en ella ejerce –a veces para bien, a veces para mal– ése a quien llama amor de la vida; su presencia afecta nuestro dominio personal: tiene injerencia en lo que somos y hacemos. A los amores de la vida los podemos palpar y tocar, en virtud de que son seres concretos y palpables. Por el contrario, la luz no nos toca, pero el solo hecho de que sea visible permite que le otorguemos ciertos rasgos semejantes a los de una persona. A pesar de ello, metáforas como “Se acabó la luz” y “Se fue la luz” evidencian que tenemos la capacidad de hacer palpables incluso a las entidades más abstractas e imperceptibles.
Hay que destacar, en este sentido, la caracterización de la luz, definida como la radiación que está en condiciones de afectar el sentido de la vista. Es quizá esta idea de afectación la que nos permite concebir la luz como una entidad concreta o como a cualquier otra persona, a pesar de que a la luz no la podemos asir. Cuando alguien afirma que “¡Se fue la luz!” reconoce en la luz a una entidad que acaso tiene voluntad propia, pues su movimiento le permite marcharse de un cuarto, una casa, una colonia, una ciudad y, con toda seguridad, de un país. Este fenómeno es posible gracias al esquema conceptual de contenedor-contenido.
La relación contenedor-contenido es una de las representaciones esquemáticas esenciales que posee el ser humano. En términos lingüísticos, organizamos muchos aspectos de nuestro entorno en términos de esta relación: desde las situaciones más concretas, me quedé sin dinero, hasta las más abstractas, me quedé sin amor. La primera involucra un objeto concreto y palpable, el dinero, mientras que la segunda se trata de una entidad abstracta, el amor, que a simple vista no se concibe como algo palpable; sin embargo, en virtud de la relación esquemática contenedor-contenido el amor se conceptualiza como cualquier otra entidad concreta que puede ocupar otros cuerpos.
Al haber luz en un habitación, entonces entendemos que ella ocupa todo ese espacio. Aunque no lo decimos, la luz está dentro del cuarto, de tal modo que al haber un corte inesperado, la luz sale del cuarto. En otras palabras, el cuarto es concebido como un contenedor que contiene luz y, como tal, puede vaciarse de la misma. Si esto ocurre, entonces, no decimos que el cuarto se vació de luz (una expresión, además, bastante poética), sino que la luz se fue. Al otorgarle movimiento a la luz la dotamos también de un carácter concreto, palpable, con voluntad para marcharse de la habitación.
Para que la metáfora Se fue la luz tenga lugar es suficiente que las personas reconozcan un espacio acotado, con límites. Por ello, la luz se va de una casa, pues tiene un espacio perfectamente delimitado por muros y techos, pero también se va de las colonias, que se encuentran seccionadas por calles, avenidas, ríos o jardines. En el caso de una casa, el cuerpo que contiene está más delimitado, en virtud de que es visible; sin embargo, una colonia manifiesta esos límites a través de las calles de su periferia. Es menos palpable si lo queremos ver así, pero es un espacio delimitado a fin de cuentas. Mientras este solo requisito esté presente (algo que pueda fungir como contenedor), entonces la metáfora Se fue la luz tendrá lugar.
Algo semejante ocurre en Se acabó la luz. Para esta metáfora, la luz se conceptualiza como un cuerpo continuo, como el agua o el gas, mismos que están en condiciones de ocupar contenedores u otros espacios delimitados. Por ejemplo, solemos enunciar Se acabó el agua, pues reconocemos que el vital líquido se encuentra contenido en algún recipiente (un aljibe o cisterna), aunque no siempre lo veamos. Cuando el agua no llega a casa, expresamos, precisamente, que se acabó el agua, haciendo referencia de manera implícita a aquel contenedor –ya visible, ya no visible– que está vacío.
De este modo, en la metáfora ¡Se acabó la luz!, le otorgamos a la luz ciertas propiedades concretas y palpables, semejantes a un fluido igualmente palpable como el agua. En suma, conceptualizamos la luz como si toda ella estuviera contenida en algún tipo de recipiente, el cual puede coincidir, otra vez, con nuestro cuarto, la cocina, la sala e, incluso, todo el mundo, pues también es nuestro hogar. De tal forma que si hay un apagón o un corto circuito, lo que ocurre al mismo tiempo es que ese recipiente (tan pequeño como nuestra habitación o tan grande como nuestra ciudad o el mundo) se vacía de luz. Al recipiente se le acaba la luz, tal y como se acaba el agua de una jarra, de un tinaco o del sistema hidrológico de una ciudad.
Las capacidades literarias, entonces, no pertenecen solamente a los poetas, novelistas o cuentistas. En cada uno de nosotros, hablantes de todos los días, hay una retahíla de dichos populares, proverbios y refranes que poseen un mágico encanto y que nos revelan la más sublime poesía: el lenguaje cotidiano.
Para La Escribidera:
Aldo García Ávila
aldogarav86@gmail.com

