El gentilicio de Aguascalientes es una de las controversias lingüísticas más peculiares que se discuten en cafés, bares, restaurantes y, en general, cualquier espacio para el debate. La morfología y la fonología son las áreas de la lingüística que se encargan de estudiar este tipo de fenómenos; sin embargo, la formación de gentilicios es un asunto que no ha estado en el interés de los lingüistas y, en consecuencia, aún faltan muchos aspectos por descubrir, describir, analizar y entender.
¿Cómo se forma un gentilicio?
En una perspectiva muy general, la regla básica para formar gentilicios consiste en aplicar un sufijo que exprese gentilicio a un topónimo, bajo el significado de ‘oriundo de X’, donde X corresponde con el topónimo en turno. Esta regla produce gentilicios como sonorense, californiano, nayarita, marroquí, mexicano, argentino, chileno, etc.
Una de las problemáticas que los lingüistas deben resolver consiste en determinar cuál sufijo formador de gentilicios se aplicará a un topónimo específico. Tan solo en la lista del párrafo anterior se encuentran diversas partículas que forman gentilicios, como –ense, –ano, –ita, –í, –ino, –eno, pero también existen –és, como en japonés y francés; –eño, en xalapeño y madrileño; –ota, en cairota y chipriota, entre muchos otros. Hasta el momento, ningún estudio ha descrito con exactitud y precisión las condiciones que determinan la acuñación de un gentilicio específico. En otras palabras, aún desconocemos por qué, por ejemplo, el gentilicio de Xalapa es xalapeño y no xalapense, aunque ambas palabras sean buenas candidatas que pueden funcionar como tal. Lo mismo ocurre en Yucatán, yucateco, pero no *yucatense o *yucateño; y en Oaxaca, oaxaqueño, pero no *oaxaquense ni *oaxacateco. Quienes han dedicado esfuerzos a estudiar este fenómeno reconocen ciertos condicionamientos fonológicos, pero el problema aún no se resuelve.
Además, existen otras problemáticas, como la especialización de significados en pares de palabras. Por ejemplo, chihuahuense se ha especializado para denotar a los oriundos del Estado, mientras que chuahueño denota a una raza canina; sin embargo, la situación podría haber sido a la inversa.
¿Y cuál es el gentilicio de Aguascalientes?
El gentilicio de Aguascalientes, nos guste o no, es hidrocálido, si atendemos a la aceptación y difusión que ha tenido dicho vocablo. Este juicio de valor, “nos guste o no”, debe llamarnos la atención, pues dicho gentilicio ha sido rechazado por algunas élites intelectualoidas, bajo el argumento de que es una palabra híbrida, es decir, constituida por un término griego y uno latino: hidrocálido proviene del griego hidro, ‘agua’, y del latín calidus, ‘caliente’.
En respuesta al popular gentilicio hidrocálido se han propuesto algunos que sólo estén constituidos por términos griegos, como hidrotermapolitano, construida a partir de hidro, ‘agua’, terme, ‘caliente’, y polis, ‘ciudad’, seguida a su vez de uno de los muchos sufijos que forman gentilicios: –ano. Sobre esta base se produjo también el gentilicio termense. De igual manera, se han acuñado gentilicios de base exclusivamente latina, como aquicalidense, constituido por aqua, ‘agua’, y calidus, ‘caliente’, que –hay que decirlo– es un poco más popular.
En términos estrictamente lingüísticos no existe razón alguna para rechazar el gentilicio hidrocálido por su carácter híbrido. Quienes defienden esta postura ignoran que el español posee un sin fin de palabras híbridas: amoral, burocracia, automóvil, genocidio, disfunción, monolingüe, neurociencia, sociología o televisión, vocablos de uso cotidiano que no suponen problema alguno para los hablantes. En este sentido, si rechazamos el gentilicio hidrocálido por su carácter híbrido, entonces tendríamos que rechazar también todos los vocablos híbridos que tiene el español, como los que recién he mencionado. Incluso, los gentilicios hidrotermapolitano y termense son híbridos, pues se trata de vocablos griegos a los que se aplicó alguna partícula española que forma gentilicios: –ano y –ense; por lo tanto, también tendríamos que rechazarlos.
Este asunto, entonces, nos lleva a tocar el tema de la pureza lingüística. Lo cierto es que ya no es posible hablar de lenguas puras, en tanto que todas se han nutrido unas a otras. El español, por ejemplo, es una mezcla de latín, árabe, alemán, francés, inglés y un sin fin de lenguas americanas, como el náhuatl, el purépecha, el maya, etc. No hay ni habrá lenguas puras en ningún sentido.
Por otro lado, el dr. Alfonso Pérez Romo, quien fuera rector de la Universidad Autónoma Aguascalientes y un importante promotor de las humanidades, las artes y la cultura, argumenta que hidrocálido no sólo es un término híbrido, sino que además posee un significado que otorga connotaciones poco deseables, en tanto que designa a una persona que ‘tiene las aguas calientes’, aunque, en lo particular, no me parece que los hablantes tengan esta percepción semántica del gentilicio. Su propuesta de gentilicio es acalitano, con base en los términos que constituyen aquicalidense, pero de una manera –según Pérez Romo– más eufónica y breve; sin embargo, acalitano no transparenta palabras que les permitan a los hablantes asociarlas con la ciudad o el Estado, de ahí que este gentilicio tenga muy pocas posibilidades de sustituir a hidrocálido u otro de los que se han popularizado.
Finalmente, si quisiéramos apostar por un gentilicio más transparente tendríamos que apelar, entonces, a la regla que referí al principio, cuyo resultado sería aguascalentense. En ningún sentido estoy diciendo que este gentilicio es mejor que hidrocálido, sólo hago la precisión de que es el resultado de emplear la regla más general para la acuñación de gentilicios. Eso sí, no hay que olvidar que existen gentilicios que no guardan relación alguna con la regla, como jarocho y tapatío. En estos casos, como en muchas otras palabras, es necesario apelar a la historia para identificar cómo es que estos vocablos terminaron por denotar a los oriundos de Veracruz y Guadalajara, respectivamente.
En conclusión
Cuando se discute de lengua, casi siempre lo que quieren saber los hablantes es si el término que emplean está bien dicho o mal dicho y si es correcto o incorrecto. En otra ocasión veremos que estos atributos no necesariamente están ligados a la gramática. Con base en ello, el gentilicio hidrocálido –en efecto– es gramatical, correcto y completamente válido para desempeñar dicha función. No hay necesidad, en este sentido, de acuñar algún otro que lo sustituya. Si aun así nos empecináramos en hacerlo, el término más idóneo sería aguascalentense, en tanto que transparenta el topónimo en turno y cumple con las reglas de la gramática.
Y lo reitero: no hay ningún motivo lingüístico que nos permita rechazar la palabra hidrocálido por su solo carácter híbrido.
Para La Escribidera:
Aldo García Ávila / aldogarav86@gmail.com
Créditos de fotografía:
José Juan Figueroa / Fuente: https://flic.kr/p/2Vwuo6

