¿Qué es la Academia?
Para hablar de la relación entre la academia y la difusión de la literatura es necesario poner en claro lo que vamos a entender, primeramente, por “academia”. Este es, me parece, el primer concepto que tendríamos que discutir, con el objetivo de ponernos de acuerdo y, desde ahí, manifestar algún posicionamiento.
Si nos remontamos a sus orígenes, la academia fue una suerte de institución educativa creada por Platón, donde se estudiaba matemáticas, ciencias naturales y dialéctica. En otras palabras, era un recinto para el conocimiento, para el estudio de lo que rodea al ser humano y, probablemente también, para desentrañar los misterios de la naturaleza humana.
Lo cierto es que el término academia ha sido, para bien o para mal, muy manoseado y quizá en este momento carezca de la reputación que tuvo en la antigüedad. Aunque tampoco es algo que deba asustarnos: las palabras cambian de significado, a veces sin que lo advirtamos. Aquella palabra que hace algunos años poseía una significación sublime se convierte, de un momento a otro, en una palabra grotesca y repugnante. Prueba de ello es el adjetivo bizarro, cuyo significado –‘raro’ o ‘desagradable’– ha desplazado por completo los atributos que denotaba originalmente: ‘generoso’, ‘lucido’ y ‘espléndido’.
En la actualidad, uno de los significados de la palabra academia denota al conjunto de personas que se dedican a la investigación de diferentes fenómenos que interesan y competen al ser humano. El Diccionario de la Lengua Española agrega además que este conjunto de personas se establece con autoridad pública. El sentido de academia que nos atañe en relación con la difusión de la literatura es justamente éste, que acabo de describir.
Los libros y la felicidad
Ahora bien, ¿cómo entender el concepto “difusión de la literatura”? A simple vista, acotar esta idea implica tomar en cuenta un sin fin de factores. Antes de continuar, me gustaría hacer un pequeño paréntesis para relatar mi encuentro con la literatura y cómo este encuentro, finalmente, me convirtió en un lector de obras literarias.
Debo reconocer que yo fui un lector tardío, en tanto que mi hábito por leer literatura disciplinadamente comenzó en el bachillerato. Debo reconocer también que el destino es por demás curioso: hace dos o tres años jamás me habría visto con la inquietud de buscar libros para niños, mucho menos para bebés. El poder de un encuentro provoca, justamente, que esos muros aparentemente infranqueables caigan. Y desde hace algunas semanas me he dedicado a buscar libros para que una personita de apenas un año los pueda leer, porque así podemos llamarle también al encuentro de un bebé con un libro. Curiosamente –y sin darme cuenta– esta búsqueda me hizo recordar la primera vez que sostuve un libro. Tal vez tendría yo cuatro o cinco años: se trataba de un libro del conejo Miffy, del holandés Dick Bruna, una publicación de cartón grueso de apenas 5 o 6 páginas. El libro era justo como lo suele desear un niño de esa edad: muchas imágenes y poco texto.
Al llegar a esta remembranza, sin querer descubrí lo importante que, durante toda mi vida, habían sido los libros. Después de Dick Bruna, pasaron por mis manos libros que para mí fueron muy célebres: un Pequeño Larousse de finales de los 80, que aún ostentaba las banderas de las dos Alemanias en el apéndice del libro; también llegó a mí la enciclopedia México a través de los siglos, en una colección de aproximadamente 20 volúmenes, con bellísimas ilustraciones del México Prehispánico. Recuerdo, además, una enciclopedia maravillosa de cuentos clásicos, cuyo volumen número 3 yo hice pedazos, luego de recorrer una y otra vez las coloridas páginas con textos y amenas ilustraciones.
Esos fueron los libros de mi infancia. Recuerdo haber leído algunos pasajes, pero nunca tuve la disciplina de leerlos de principio a fin, ¿qué niño lo haría, no? Por eso es que me considero un lector tardío, aunque el respeto, el valor de un libro lo reconocí desde muy pequeño. Menciono esta anécdota porque mi primer acercamiento con los libros fue de gran alegría, es decir, desde entonces se convirtieron en un espacio de gozo y felicidad.
La élite académica y la difusión de la literatura
Ahora bien, ¿cuál es la relación que establece la academia con la difusión de la literatura? Yo creo que la academia, específicamente aquel nicho de especialistas o de personas deseosas de convertirse en especialistas en lengua y literatura, no tiene como objetivo primordial la difusión de la literatura.
Un especialista en literatura centra su interés en comprender de manera integral el fenómeno de lo literario: definir y caracterizar aquellos rasgos que le otorgan a un texto su carácter como literatura; precisar y contextualizar las obras escritas en la antigüedad; hacer una historiografía de la literatura; determinar los temas que el ser humano ha retratado en las obras literarias; establecer unidades y modelos de análisis, además de dialogar con otras disciplinas que le permitan comprender de mejor manera el fenómeno de lo literario. En fin, la lista de aquello a lo que aspira un especialista en literatura puede hacerse tan exhaustiva como la queramos, pero la difusión de la literatura no es uno de los objetos de estudio medulares. A este respecto hay que preguntarnos: ¿cuántas tesis se redactan al año que tengan como objetivo la difusión de la literatura? Una rápida búsqueda en TESIUNAM arroja apenas un treintena de trabajos recepcionales con dicha temática, una cifra más bien pequeña para una institución del tamaño de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Incluso la relación entre la academia y aquellos que se dedican a la difusión de la literatura no es mutuamente excluyente. En palabras un tanto fatalistas, si los estudiosos de la literatura desapareciesen, creo yo que la literatura, como manifestación del temple humano, seguiría existiendo y, en este sentido, me parece que también seguirían existiendo aquellos imprescindibles entusiastas que contagian el gusto y el amor por la literatura, sin que ello los convierta necesariamente en académicos.
Evidentemente, las aportaciones de la academia están en condiciones de ofrecer información, datos y descubrimientos que bien pueden ser aprovechados por aquellos que se dedican a la difusión de la literatura; sin embargo, insisto, no es este en principio uno de los objetivos de la academia. Paradójicamente, a veces son los propios académicos quienes se encargan de alejar a las personas de la literatura, en tanto que muchas veces carecen del tacto para acercar el libro apropiado a la persona adecuada, que es, creo yo, la gran y difícil función del promotor, de quien se dedica a difundir la literatura.
Podríamos cuestionar este escenario. De hecho, la academia –como motor humano de la indagación de fenómenos– se nutre de la crítica, las observaciones, precisiones y cuestionamientos. En este sentido, podríamos también elaborar argumentos para modificar esta situación y promover una nueva perspectiva. A pesar de ello, la tendencia está latente y es evidente: a los estudios literarios les interesa poco la difusión de la literatura.
La literatura como una forma de la felicidad
Por otro lado, un asunto que indudablemente habría que definir antes –y que nos conduce a otra gran polémica– es la promoción a la lectura. En otras palabras, supongamos que quiero hacer una investigación para incentivar la difusión de la literatura, que consiste en el solo objetivo de acercar la literatura a más gente: que la gente lea más literatura. Esta empresa supone grandes retos y muchas preguntas por definir y tratar de resolver: ¿para qué querría que la gente lea literatura? ¿la literatura hace mejores personas? Si es así, ¿qué voy a entender por ser mejor persona? ¿Nos enfocaremos sólo en la llamada alta literatura? ¿Rechazaremos tajantemente la literatura pop? ¿Qué quiero lograr al llevar literatura a la gente?
Desde cierto punto de vista, de hecho, los grandes consorcios editoriales cumplen este objetivo: difunden literatura. Hay millones de lectores de Game of thrones o de 50 sombras de Grey. La literatura llega. Y más importante: hay gente que es feliz al leer este tipo de obras. Si es o no valioso depende tanto del producto que queramos publicitar, como de los objetivos que nos hayamos planteado al dar respuesta a la pregunta ¿Qué entiendo por difusión de la literatura? Pero también: ¿qué quiero lograr con la difusión de la literatura?
Yo sí creo que la literatura no crea mejores personas: la literatura puede hacer más vil a la persona más inhumana y también puede hacer más bondadoso al que ya es caritativo. Y también viceversa. Lo que es indudable es que tanto el bondadoso, como el vil tienen muchos más elementos para defender su condición –o la condición que hayan elegido– si cuentan con un vasto bagaje literario, en virtud de que tarde o temprano nos conduce a descubrir los resquicios más secretos de la cultura, pero ello no significa necesariamente que dicha persona vaya a convertirse en un ser humano ejemplar y digno de emular.
En este momento de mi vida, en el que afortunadamente me encuentro alejado de las élites literarias, pero también de los nichos académicos, mi postura con respecto de la difusión de la literatura es muy holgada. Soy partidario de que las personas se acerquen a las obras literarias que más les llenen y que los mantengan entretenidos. Ya lo decía Borges: la literatura es uno de los tantos rostros que tiene la felicidad. Ése es el primer acercamiento que debe causar la literatura: un momento de regocijo, de disfrute, de diversión. Por eso mencioné antes mi primer encuentro con los libros, porque esa felicidad me llevó finalmente a convertirme en un lector.
¿Qué más da si el primer encuentro con los libros es a través de la literatura pop, destinada al olvido? Ya habrá otro momento para que ese lector que comienza a interactuar con los libros compare el contenido, manejo de temas, personajes, situaciones y la capacidad de observación de los autores consagrados con respecto de los autores pop.
Es cierto: los estudiosos de la literatura deben dialogar con quienes fungen como promotores y difusores de la literatura. Son los estudiosos de la literatura quienes deben poner al servicio de la comunidad sus descubrimientos, sus hallazgos. De nada nos sirve un académico encerrado en su cubículo, haciendo investigación para sus amigos: los resultados de las investigaciones son para leerse, discutirse, criticarse, ampliarse y reelaborarse; deben estar al servicio de la gente y de otros campos del conocimiento. Es aquí donde entran los promotores de la lectura, quienes difunden la literatura: son ellos quienes tal vez puedan emplear los conocimientos aportados por la academia en favor de su labor cotidiana.
Puedo preciarme de haber leído grandes obras literarias, pero también de obras destinadas al olvido, incluso de haber caído –mea culpa– en la tentación de los textos de autoayuda. Seguramente esta revelación pueda causar hilaridad, sobre todo porque la academia rechaza tajantemente esos espacios de expresión. Yo lo digo sin vergüenza alguna, porque, después de todo, he logrado encontrar una o dos cosas valiosas en esas páginas que a veces nos causan tanta repulsión. No recuerdo a quién escuche decir que leer un libro es como encontrase con una persona: hay libros sorprendentes y libros aburridos, libros para leer una sola vez y libros a los que uno siempre quisiera volver; libros al fin, más nutritivos que otros. Si no nos abrimos a la posibilidad del encuentro, por más aversión que nos cause, no podremos aventurarnos tampoco al encuentro del conocimiento.

